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sábado, 8 de noviembre de 2014

Infancias


Texto leído en SAPI: Dialogo en convivencia sobre pautas de crianza. Contextos y desafíos parentales en la crianza de los niños pequeños hoy el 25 de octubre de 2014.
Hay recién nacidos a quienes se los considera chicos, inmaduros, pequeños, menores, y luego muchos se convierten en niños, y otros siguen en la minoridad de por vida.        
         Es escaso decir: “los niños primero”, si no se entiende al mismo tiempo “las madres primero”. En la primera infancia la presencia es constancia. La función materna no es delegable en múltiples cuerpos. Aquí la variedad no es riqueza. Sería preferible que la permanencia fuera un deseo necesario y posible. ¡Que la presencia sea una constancia deseante!
El tiempo importa, porque los adultos en crianza tienen una función corporizante, hay padres y madres de cuerpo, el que cría crea. La primera infancia no son los primeros escalones, sino los soportes sobre lo cual se apoyan los peldaños del desarrollo.
         En contra de la eficacia, la lógica de la eficiencia se ha extendido, se encuentra en la base de las formaciones académicas, en la alimentación, en las terapias pre-determinadas.
La lógica de la eficiencia también ha llegado a algunas crianzas. Frente a la crisis los profesionales de la salud tienen la oportunidad de indicar estimulaciones, medicamentos, ejercicios, libros, libros “ser padres aunque sea hoy duérmete niño”.                           Estimule a su niño es la consigna, cuando sabemos que no  hay carencias por faltas de estímulos, sino por falta de vínculos estimulantes.
Veo a una madre (que ignora el término eficacia), probar el alimento frente a la mirada del niño, mantenerlo un tiempo en la boca para percibir su sabor, “huumm”, saborear, le “dice en actos” que comer no es tragar, que la boca no es un tubo, que es una estancia donde el alimento se demora, no para cumplir con una acción higiénica y adecuada a la molienda, no se trata de masticar tantas veces, ni de una  acción correcta, sino de la mínima demora del alimento en la boca para que las papilas gustativas se dispongan y puedan recepcionar el sabor.
Una cuchara cargada de alimento se transforma en un objeto aéreo. Aquí, comer crea temporalidad, en la forma de espera, de expectativa, producciones de temporalidad que combaten el aceleramiento. La madre coloca al niño en un estado de “espera observante”, espera activa, al mismo tiempo que el vuelo de la cuchara tiene una función anticipatoria, crea la expectativa de recibir, saborear e ingerir el alimento.
La lógica de la eficiencia ha llegado a la alimentación, donde un juguete es señuelo banalizado y banalizante del alimento… eso sí en cajita feliz.
Los alimentos que se venden actualmente están procesados, en parte pre digeridos, masticados mecánicamente. Alimentos que evitan toda demora y facilitan una alimentación acelerada: maníes sin cáscara; aceitunas sin carozo; pollo deshuesado, sin piel, ni vísceras ni pollo; carne supermolida; pescado sin espinas; nueces y almendras peladas; pan y queso en rodajas; verduras y frutas cortadas al tamaño del bocado, ¿la boca no es un tubo?
         Las cosas han cambiado, pareciera que los platos térmicos convertidos en barcos cargados de agua cálida y las cucharas aéreas ya no existen, pero….¡es necesario que cada cuchara de alimento sea!: “para la abuela, para papá, para mamá…nos alimentamos de los otros, de los otros sin oropeles de mayúscula universal. El niño otro que nos dice mucho con tan solo cerrar la boca y girar la cabeza: ¿el bebe no quiere más, no? y convierte un gesto de rechazo en un nombre colectivo de solo dos letras, que nos salva de la resignación.                                                                       
         ¿Y el jugar, cría, corporiza? Si el jugar y el comer en sus inicios estuvieran separados, la alimentación sería un acto meramente mecánico, despotenciado de creatividad, sin sabor. El jugar liga, une. Con la comida se juega.
La eficiencia es exquisita para fabricar bulones, pero amarga en las relaciones humanas, es maquinal, pasteuriza los vínculos, no deja pasar el microbio de la subjetividad. Los cuerpos en relación se subjetivizan, y nos permiten afirmarnos en un estilo,  El estilo, tanto sea en el juego o en otros procesos creativos,  no está dado tanto por una característica de valor convencional o por alguna condición excepcional de la persona, sino que está marcado por la dificultad, por los obstáculos que frecuente e insistentemente dejan su marca. Si uno analiza el estilo de algunos creadores no está dada por una facilidad, sino por una dificultad que se instala en el cuerpo. A Julio Cortázar, por ejemplo, cuando escribía, le decían que ponía mal las comas. Cortázar se justificaba explicando que tenía problemas respiratorios: tenía asma y  la introducción de la coma como respiración poseía la función de oxigenar su cuerpo lector.
La eficiencia  tiene límites precisos, responde a plantillas y ortopedias conductales, la eficacia en cambio en cada límite, reconstruye estrategias, escucha, observa, interviene en aproximación, consulta, duda, pone el cuerpo.
En cuanto a los límites ¿Hay que decir que no, y después…?, ¿es lo mismo un límite, que la expresión de una molestia, de un malestar?
Dice Silvia Bleichmar: La humanización es perturbación de la función: no solamente es comer, sino comer dentro de ciertas condiciones; no solamente es dormir, sino dormir dentro de ciertas condiciones. [...] Esto, que parece una perturbación, es en realidad el origen de la vida simbólica. Un ser humano que no tiene esas perturbaciones está reducido a la animalidad. Es precisamente esta perturbación la que abre todas las vías de la vida social.[1]
Perturbar es pasaje de la función orgánica al funcionamiento corporal. Para poder ser libre hay que haber construido un cuerpo y los cuerpos para ser cuerpos deben perder la libertad absoluta.
         El cuerpo es eficaz, el cuerpo no tiene remedio ni es paciente, el cuerpo se revela y nos desvela, no hay forma de darlo de alta ni de baja. El cuerpo miente y nos permite jugar.
Hay niños que se aburren, aburrimiento, como situación contraria a la diversión, a lo diverso. “Me aburro” es una afirmación que está en la boca del niño cuando no cuenta con un estímulo de continuidad que lo capture en su divertimiento. La experiencia de no saber qué hacer, es un estado de gracia para el hecho creativo. Dice Walter Benjamin: «Si el sueño es el estado supremo de distensión corporal, así el aburrimiento lo es del espíritu. El aburrimiento es el pájaro fantástico que pone el huevo de una experiencia»[2].

         Infancias, Infancias en plural, expresando la idea de que no existe una sola forma de construir la corporeidad. Por un lado, porque el cuerpo está en una relación dialéctica con la vida biológica, orgánica, y los recursos socioeconómicos condicionan de manera alarmante la salud física de los niños cuyos padres carecen de un trabajo digno y bienes materiales. Otra vez el sustantivo nos engaña, ¿derecho al trabajo o a trabajar? Derecho al juego o a jugar? Los verbos son necesarios: trabajar, habitar, jugar.
Aunque estemos solos se puede comer, aunque siempre se come con otro, pero siempre se come? ¿Y si no hay comida, y si falta la comida…  Solo después de comer el hombre se alimenta de sueños
A modo de inventario podemos decir que la corporeidad, en las ciudades, tiende a empobrecerse[3]:
1) Así sucede con la disponibilidad del uso habilitado de las manos. La función de la palma tiende a desaparecer, la yema de los dedos opera sobre la pantalla con un mínimo de movimiento, que no llega a constituirse en una praxia;
2) Así con la construcción de una voz propia que no se defina con la indefinida clasificación de lenguaje neutro (anteponiendo el logos sobre el cuerpo);
3) Con la capacidad de mirar y ser mirado sin mediaciones tecnológicas, que abusan de la visión sin mirada;
4) Encapsulado con el exceso reiterado de construcciones actitudinales que ubican el cuerpo en la potencia agresiva que generan los juegos electrónicos de persecución y confrontación;
5) Con el empobrecimiento de la capacidad de degustar sabores, texturas y consistencias, domesticado por la comida chatarra.
5) La pérdida de la escucha, bajo el dominio hipnótico de imágenes con brillo, luz y movimiento.
6) La crueldad parece haber triunfado por sobre la ternura.


Para terminar, parafraseando a Tagore: los chicos juegan en las plazas del mundo.
En  nuestro país, en la plaza mayor se siguió criando.
En nuestro país las plazas…las madres,
en nuestro país las abuelas.



Daniel Calmels octubre 2014



[1] Silvia Bleichmar, Violencia social - Violencia escolar. De la puesta de límites a la construcción de legalidades, Buenos Aires, Noveduc, 2010. 
[2] Walter  Benjamin, “El narrador. Consideraciones sobre la obra de Nicolai Leskov”, en Maite Alvarado - Horacio Guido (comp.), Incluso los niños. Apuntes para una estética de la infancia, Buenos Aires, La Marca, 1993.
[3] Para más información ver Calmels Daniel, Fugas, el fin del cuerpo en los comienzos del milenio, ensayo, Buenos Aires, Biblos, 2013.


www.revistadepsicomotricidad.com agradece públicamente a Daniel Calmels por enviar este artículo desde Buenos Aires, Argentina. 

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